Salas de espera

 

Y allí en medio de tanta gente, inmersa en el bullicio de una desesperada ansia de avanzar, se encontraba ella.
Nunca fue tan triste una sala de espera, todo ese vacio lleno de vida y ese silencio que despejaba el más atroz del pasar de las horas, se apoderó de cada segundo de su tiempo.

Allí.

En silencio.

Ella.

Tan llena de nada y tan vacía de todo, esperando dentro de un Tic-Tac.

No habían poemas donde esconderse, ni canciones que abrazaran, ni miradas que hablaran, ni manos donde sostenerse. ¡No había nada! ¡Solo había silencio y frío! ¡Mucho frío! ¡El frío de una larga espera!

¡Ella frente al tiempo, menuda lucha interior! – pensó.

Se dejaba llevar por entre los minutos como quien deja miguitas de pan para saber volver a un antiguo lugar, no quería perderse dentro de un futuro incierto ni sumergirse en ninguna tormenta de la que no supiera luego escapar.

Y mientras tanto, haciendo el esfuerzo de dejar un hueco en su mente para la coctelera de ilusiones resquebrajadas que guardaba en medio de su frío silencio. Todo roto y hecho añicos, tan sencillo como unos minutos que cambian tu vida y tan complicado como no saber que falsa sonrisa se pondrá para no dejar ver todo ese caos interior.

Y allí sentada, le pasaron por la cabeza miles de momentos perdidos, de palabras mudas que nunca supo expresar, de Te quieros llenos de miedo, de sueños cansados de una lucha, de falsos finales sin final. Encerrada en un ir y venir de pensamientos, mientras esperaba en una fría sala, que la vida le diera otra oportunidad.

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