Febrero en las entrañas

Nunca le gustó Febrero. Siempre le recordaba a Él. A su sonrisa cómplice, a comer palomitas los días de lluvia, a paseos en bici, a revolcarse entre la hierba buscando la sonrisa del sol, a trenzas en el pelo, al calor del brasero en una mesa de camilla jugando a ser piezas de puzzles mientras sonaba música de los 80 en un tocadiscos en bucle. Febrero, maldito Febrero que estaba lleno de pelis antiguas, de sábados de cine, de peleas de almohadas jugando a ser superhéroes en un mundo de ficción, de cariño, de respeto, de complicidad. Febrero, puto Febrero que le arrebataste su otro Yo.

Él, su eterno Febrero.

Su recuerdo no era efímero, al contrario, siempre habitaba en ella. Y no se ponía triste por recordarle, se ponía triste porque se daba cuenta de que ya no estaba. No fue sencillo estar sin Él. Fue una infancia tan triste, tan fría, y una vida tan sola ¡La dejó sola, joder! Viviendo en una ausencia interminable, poco nítida, gris y sin espacios en blanco donde poder reescribir.

Los columpios dejaron de sonreír, la lluvia cada vez la inundaba más.

¡No se puede olvidar a quien es el punto de apoyo en tu vida! – se repetía.

“¿Que porqué la tristeza? – Porque Tú ya no.

¿Que porqué hacerme burbuja? – Porque sin ti todo me era indiferente.

¿Que porqué escribir? – Porque ahí Tú sí.

¡Cuánta falta me has hecho, Joder!

¡Cuánta falta aún me haces!” – decía entre lágrimas cada día.

Y mientras, el mundo dándole vueltas en su ruleta rusa, riéndose de ella y golpeando cada una de sus cicatrices en cada puta realidad de la que intentaba huir. No le gustaba el reflejo de su espejo, a veces la miraba con odio, le echaba en cara cosas que no quería recordar, le abofeteaba la realidad con hostias de indiferencia. Y lo jodido es que no sabía ni de quién era ese reflejo, aunque suponía que era de ella.

¡Me puede, te juro que me puede!- decía mientras pensaba en como echaba de menos refugiarse del miedo agazapandose en su respiración.

¡Debí de hacerle daño a mi niña interior y por eso se encarga cada día de borrarme la puta sonrisa! – pensó

¡Y Él allí! Viendo su vida pasar, bucles y bucles de abismos de los que no sabía salir. Ausente de ella y a la vez perdido en ella. ¡Cuánta falta me haces!- pensaba Él en silencio.

Sé que estás. Sé que siempre estás. Y por eso sonrío a veces. Porque por muchos años que pasen, vives en mí. No ha pasado el tiempo, sólo se paró. Sigo siendo tu niña y tú, tú sigues siendo mi guía a pesar que te fuiste sin decirme adiós.

¡Te quiero! Aunque eso Tú ya lo sabías. Aunque eso Tú ya lo sabes. Aunque eso Tú nunca lo olvidas. Tú, mi fiel Febrero que siempre me haces nudos en el alma. Tú, mi amargo Febrero clavado a tinta y a fuego en las entrañas.

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2 comentarios sobre “Febrero en las entrañas

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